Amadeo descubrió algo que duele admitir: el enemigo más peligroso no es el de afuera. Es el de adentro que dice querer lo mismo que tú, pero está convencido de que su camino es el único y el tuyo es una traición.
Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.
Hace unos días volví a leer el discurso de abdicación de Amadeo de Saboya. Firmado el 11 de febrero de 1873, pero parece escrito ayer para Colombia.
Dos años duró aquel rey italiano en el trono español. Llegó con buena voluntad, juró la Constitución, quiso ponerse «por cima de todos los partidos». Y se fue derrotado, no por ejércitos extranjeros, sino por una frase que aún resuena:
«Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha, entonces (…) sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles, todos invocan el dulce nombre de la Patria, todos pelean y se agitan por su bien».
Amadeo descubrió algo que duele admitir: el enemigo más peligroso no es el de afuera. Es el de adentro que dice querer lo mismo que tú, pero está convencido de que su camino es el único y el tuyo es una traición.
Leer más: Confiar y esperar
Hoy, mayo de 2026, Colombia se parece a esa España de 1873. Faltan pocos días para las elecciones presidenciales y el ambiente no es de construcción. Es de trinchera. De un lado, los que se identifican con un movimiento (que más que movimiento o pensamiento político, es con un caudillo); del otro, «el cáncer y mal que hay que aniquilar», y entre ambos, un abismo, al que ninguno quiere construirle un puente, y si llega alguien a intentarlo termina volviéndose traidor o «tibio».
No se discuten propuestas. Se descalifican personas. No se busca sumar. Se resta al de enfrente. Cada bando está seguro de que el suyo es de la justicia, la verdad, la salvación; esa «superioridad moral o ética» es el engaño que termina manteniendo a cualquier bando con un pensamiento tan pequeño y tan corto de empatía, que se nubla cualquier razonamiento.
Karl Popper, un filósofo del siglo XX, decía que una creencia solo es científica si está dispuesta a ser falsada (demostrada como falsa). El problema de las ideologías políticas, advertía, es que se comportan como teorías cerradas: todo lo que las contradice se interpreta como un ataque, no como un dato. Cuando eso ocurre, la gente ya no busca la verdad. Busca confirmar lo que ya cree.
«Quienes nos prometen el cielo en la tierra no han producido más que infierno», eso es lo que pensaba Popper cuando hablaba del peligro de los «profetas» políticos que ofrecen salvación absoluta. Y eso es exactamente lo que pasa cuando un bando cree que su candidato no puede fallar, que todo lo malo es culpa del otro, que la corrupción en su propio lado es un «error menor», pero en el otro es «prueba de maldad». La gente ya no vota por propuestas. Vota por pertenencia a una tribu que cree tener la verdad revelada.
Leon Festinger, psicólogo social, demostró algo incómodo: cuando tenemos una creencia firme y aparece evidencia que la contradice, no cambiamos de opinión. Justificamos la contradicción. Por eso un seguidor de un caudillo corrupto no abandona al caudillo; dice que «lo persiguen», que «son trampas del otro bando», que «el fin justifica los medios».
Opinión: El músico que no hace solos: una lección sobre el valor de lo ordinario
«El ser humano no es un buscador de verdad. Es un buscador de coherencia, aunque esa coherencia se construya sobre mentiras». Eso explica por qué la gente apoya lo que objetivamente no debería apoyar, o se indigna por unos casos igual de reprochables que otros, porque ya no les importa la justicia, equidad, verdad y demás bonitos adjetivos que salen en campaña electoral; les importa no sentirse equivocados. Admitir que su bando está mal implicaría cuestionar su identidad. Y eso duele más que tolerar a un corrupto.
Hay un concepto de la psicología social que ayuda a entender esto: la identidad de grupo y el sesgo endogrupal. Básicamente, los seres humanos tenemos una tendencia casi automática a favorecer a los de nuestro grupo («nosotros») y a discriminar a los de fuera («ellos»). En situaciones de tensión política, ese mecanismo se amplifica: el otro deja de ser un adversario legítimo para convertirse en una amenaza moral.
Y entonces pasa lo que vio Amadeo: todos dicen querer el bien de la Patria, pero nadie está dispuesto a acercarse un centímetro, salvo si es para destruir. Porque ceder se confunde con traicionar. Porque escuchar al otro se interpreta como debilidad. Porque construir juntos suena a ingenuidad en un mundo donde lo que rige es la lógica del «o ganas tú o gano yo».
Amadeo fracasó, no porque fuera mal rey, sino porque la división era más fuerte y se tenía la falsa idea de que se debe destruir para construir, pero el problema es que quien arranca un árbol pocas veces sabe de siembra, y nada crece de un hoyo vacío. Dos años después de su abdicación, España probó la Primera República, que duró menos de un año. Luego vino más inestabilidad, y finalmente la Restauración, que tampoco resolvió de fondo el problema. Las heridas internas no se curan con decretos ni con urnas si antes no hay algo más básico: la capacidad de reconocer al otro como parte de la misma nación, no como un enemigo a exterminar, esto es tan ingenuo y ridículo como pensar que voy a cortarme todo el brazo porque me picó una abeja o me salió un barro.
Amadeo entendió algo que a nosotros se nos olvida en cada campaña electoral: el problema no es el otro bando. El problema es que no sabemos construir un propósito común que esté por encima de los bandos. Y mientras no lo tengamos, seguiremos girando en círculo: elección tras elección, promesa tras promesa, decepción tras decepción.
Entonces, ¿qué sueño le cabe a Colombia? No uno grandioso. No uno de conquista externa. Algo más simple y mucho más difícil: soñar con que el día después de las elecciones el país no se rompa.
Ojalá esta reflexión ayude a que alguien, antes de marcar un voto, se detenga un segundo. No se trata de votar por el menos malo o por el que grite más fuerte. Se trata de votar sin que el odio nuble lo que de verdad importa: la salud, la educación, la tierra, la posibilidad de que los hijos de uno vivan en un país donde la política no sea una guerra santa. Que no nos vendan la idea de que hay que destruir para construir, que no confundamos pertenencia con fanatismo, que no se nos nuble la razón ni el corazón y que votemos con ganas de construir país, no con odio de quien quema las cartas de su expareja. Porque al final, el barco es el mismo, y si seguimos haciendo agujeros en el casco por odio al de la otra orilla, no va a quedar nada a flote para nadie.









English (US) ·
Spanish (CO) ·