Para el «eterno durante», arte y literatura

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La memoria tiene un refugio en el que puede buscar la transformación […] Por eso hay que acudir al arte y a la literatura. Tal vez esa sea la herramienta para escapar de los ciclos infernales que nos dejan más de lo mismo.

Por Cristian Aristizábal.

Ante la convulsión social, víctima de la polarización en la que nos asentamos, preguntarse por la repetición es una consecuencia de la realidad que nos cobija: ¿cuántas veces lo mismo?

Como herramienta de análisis está la historia. Las ideas que nos devela y la forma como llegamos a ella son una muestra de nuestra capacidad de evolución en unos casos, pero en otros, es el reflejo de la incapacidad que nos constriñe y nos impide ver más allá de los actos en sí. Muestra de ello es el ambiente político del momento, en donde las noticias dan cuenta del paralelismo constante en el que nos encontramos, puesto que los escenarios en los que nos vemos inmersos como sociedad siguen siendo los mismos. Dichos patrones se siguen dando en distintos ámbitos —no solo en el político—, por lo que el interrogante que debería primar tendría que estar dirigido al cuestionamiento de lo que nos ha dejado el pasado. ¿O será que nuestra condición humana es obedecer a la ciclicidad?

Escritores, artistas y críticos han utilizado distintas referencias para hacer examen de la realidad social, y de muchas, la perspectiva que más se acerca a la crítica que busco ofrecer puede condensarse en la frase que reza: «vivimos en un eterno durante». Un enunciado con determinismo poético que podría romantizar el asunto, pero que en esencia alcanza a transmitir lo fácil que es repetir modelos que lejos de mostrarse como una consecución que busque el no olvido, parece más bien una forma de dejar a merced de la incertidumbre los hechos determinantes que han ayudado a constituirnos como sociedad. Entonces, ¿olvidamos o no tenemos la suficiente memoria?

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Ante esta pregunta, las distintas ramas del conocimiento tienen una explicación ardua que da cuenta de lo que le pasa al ser humano a la hora de tratar de recordar o grabar algo en su cerebro. Para la biología, la memoria es una red de cambios físicos. La psicología, por su parte, habla de la memoria selectiva que está ligada a la parte emocional. Pero, más allá de entender qué es y de dónde viene, ¿sabemos qué hacer con ella?, ¿sabemos dónde depositarla?

La ambigüedad que nos atañe como sociedad es una condición de la que no podemos escapar. Y es claro que no todo está mal, que no todo se repite, que hay muchas cosas que gracias a mentes brillantes, a cooperaciones, agrupaciones y trabajo en equipo han hecho que surjan asuntos de los que nos podemos sentir a gusto como especie humana. Pero la polarización, la indiferencia, la falta de empatía y la guerra misma son la muestra de la falta de detenimiento para la reflexión y el aprendizaje. Parece que de las malas experiencias no se aprende. Parece que la división, los ataques y el sufrimiento no son garantía de no repetición. Parece que George Santayana no tenía tanta razón al decir: «aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo»

José Zuleta Ortiz, en su libro Lo que no fue dicho, dice: «[…] la verdad es que la memoria no es un don; es una manera de relacionarse con lo que a uno le interesa, es la intensidad con la que se conecta lo que se vive con lo que se piensa, con lo que se siente, con lo que se quiere, con lo que se sabe, con lo que se lee y con lo que se desea hacer. Así es difícil olvidar». En consecuencia, el foco o la atracción por lo que se vive es una pequeña garantía que impide el protagonismo del olvido, y frases como esas constituyen una razón más para creer en el poder de la literatura y el arte.

Libros recaudadores de información hay muchos. Papeles que agrupan datos y estadísticas permean anaqueles de bibliotecas, archivos históricos y museos. Pero eso termina siendo información que no invita a relacionarse y, por tanto, acaba por perderse. El nivel de importancia que se le da a estas referencias no trasciende si no es atravesado por la mirada sensible que transforme la información en reflexión, y ahí, cuando ese contenido incomode, nos parezca irreverente e invite a realizar una lectura política que juegue entre lo ético y lo estético, las cifras serán vistas desde otra perspectiva. 

Así, la memoria tiene un refugio en el que puede buscar la transformación. Poetas como María Mercedes Carranza y Raúl Zurita dan cuenta de ello. Artistas como Doris Salcedo y Rosemberg Sandoval encarnan el poder transformador que tiene la memoria que esquiva el olvido. Por eso hay que acudir al arte y a la literatura. Tal vez esa sea la herramienta para escapar de los ciclos infernales que nos dejan más de lo mismo.

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