Natalia, una profe itinerante hecha de libros

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Aunque Natalia está cimentada en Santa Bárbara, su oficio crea puentes que la llevan a adentrarse en territorios pintados de montañas y trochas, donde la vida confluye entre el paso cauteloso de los animales y los murmullos del río.

Por Andrea García.

Cada lugar que habitamos determina en nosotros una manera de ser, de actuar, de mirar. Somos, en esencia, la suma de paisajes que nuestros ojos han apreciado, el clima que nos arropa, las presencias que nos rodean, la tierra que hemos labrado. ¿Qué sería de nosotros si hubiésemos habitado otras latitudes?

Esta historia le pertenece a Natalia Andrea Villa, una mujer que nació en Medellín y creció al lado de su familia paterna. «En mi infancia tengo muy presente a mi abuelo paterno. Mi abuelo me enseñó a leer; yo lo veía leyendo el periódico El Colombiano, en donde también le encantaba hacer crucigramas. En esa época, en El Colombiano, a veces salían cuentos como de Rafael Pombo, el domingo salía una parte, el otro otra, entonces mi abuelo me armaba los libros. […] Yo creo que fui una niña hecha de libros».

Ese acercamiento temprano al universo de los libros trajo consigo una claridad, porque ella pronto sabría a qué quería dedicarse cuando fuera mayor: «Yo siempre le decía a mi mamá: cuando yo sea grande quiero ser profe y quiero tener una fundación. Y yo jugaba en el patio de mi casa, me ponía la ropa de mi mamá, los tacones, los vestidos que me quedaban superlargos, y mi mamá me dejaba rayar solo una pared con tiza, solo una, aunque la tenía que limpiar después. Entonces yo cogía uno de mis libros, me encerraba en el patio —porque no me gustaba que me vieran en ese rol de profesora— y me ponía a rayar las paredes y mis estudiantes eran los baldes del patio».

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En su adolescencia pasó por un colegio de monjas, luego por un colegio público, se convirtió en madre de José Miguel y estudió una Licenciatura en Preescolar en el Tecnológico de Antioquia. Sin embargo, al cumplir 25 años, cambiarían sus coordenadas geográficas, y por supuesto, la visión que hasta ahora tenía del mundo.

Natalia una profe itinerante hecha de libros

«Mi asesor de práctica de la universidad me dijo que había una oferta de trabajo en Secretos para contar; como yo soy de Medellín, yo no sabía qué era Secretos. Entonces empecé a revisar, a leer y yo dije quiero estar allá. Ahí mismo me llamaron y me tocó irme para Támesis. Yo no conocía Tamesis y ahí estuve 5 meses y luego me dijeron que tenía que ir a desarrollar mis actividades pedagógicas en Santa Bárbara».

La Fundación Secretos para contar le dio la posibilidad de vivir otras realidades. Empezó a conocer árboles de yuca, flores, ríos, montañas y animales que jamás había visto, como los armadillos. «Yo todos los días debo ir a una escuela rural diferente. […] El año pasado estuve en Urrao, en una escuela superlejos. Nosotros salimos el sábado y llegamos a la escuela el lunes, porque había que entrar en la selva en límites con Chocó. Estábamos en el Parque Nacional Natural Las Orquídeas, un lugar precioso pero muy difícil de llegar. Estuve en dos escuelas, una semana estuve en una escuela que se llama Venados y la otra semana en la escuela Calles. En Venados la mitad de los niños eran indígenas de la comunidad Emberá; ellos mismos se nombran como los libres y los indígenas, pero no hay como una segmentación marcada entre ellos. El profe de esa escuela solo sale dos veces al año cuando es vacaciones, porque salir es muy difícil, tiene que ser caminando, en mula y atravesando ríos».

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Dentro del Parque Nacional Natural Las Orquídeas el único lugar que tiene luz es la escuela, gracias a unos paneles solares que instaló la Gobernación; de ahí que sea frecuente ver a la comunidad en horas de la tarde en la institución educativa recargando sus linternas y equipos antes de ir a casa. Esta situación también hace que la comunicación sea muy compleja con los profesores, por ejemplo, pero esto generó una idea en la profe Natalia que consistía en un intercambio de cartas entre los niños de la escuela Calles y los niños de las escuelas de Santa Bárbara, ejercicio del que se desprenden fragmentos como el siguiente, en donde Sofía les pregunta a los niños de Urrao: «¿ustedes tienen animales en casa?, ¿han visto jaguares?, ¿a ustedes no les da miedo estudiar en la selva?, ¿conocen a Rigoberto Urán?, ¿ustedes qué juegan en el descanso?»

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La curiosidad que suscita lo desconocido aflora no solo en la mente de los niños; palpita también en quienes percibimos la ruralidad y sus escuelas como realidades distantes, casi inimaginables. Aunque Natalia está cimentada en Santa Bárbara, su oficio crea puentes que la llevan a adentrarse en territorios pintados de montañas y trochas, donde la vida confluye entre el paso cauteloso de los animales y los murmullos del río.

Pero este viaje hacia el corazón del campo rebasó los límites de lo laboral, porque en Santa Bárbara también conoció a su esposo y, juntos, dieron vida a Elena y Juan, una marca de café bautizada en honor a los suegros de ella. Hoy, Natalia y su familia se sumergen en la alquimia de un proceso que va desde el aprovechamiento del mucílago y la recolección selectiva hasta el despulpado, la fermentación, el secado, la trilla y el tueste.

Tal como lo revelan sus palabras: «Una citadina que nada sabía del campo, nunca se había ensuciado las uñas con tierra, ahora era profe rural y tenía un producto como el café. El campo me rescató, porque empecé a vivir cosas que yo no conocía».

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