El cura con el que me quise casar

hace 2 horas 3

Yo no tenía claro si lo que sucedía era o no un pecado porque todo tenía lugar en la misma iglesia y con un sacerdote. […] Se me ocurrió que, tal vez, si me casaba con él, por ser el matrimonio un sacramento, las cosas quedarían saldadas.

Por Yury Marcela Ocampo Buitrago.

Que nos casáramos era para mí la solución a toda la confusión y miedo de Dios que sentía. Estaba decidida a proponérselo y fui a buscarlo a la casa cural. En la Argelia de esa época, las casas mantenían las puertas abiertas y era normal irse entrando mientras se saludaba. Así entré ese día a esa casona de dos pisos, con patio interno, piso de tablas y chambranas azules donde vivían los sacerdotes del pueblo. Una de las empleadas del servicio me preguntó que a quién buscaba, luego me dijo que el padre había salido, que estaba de romería y que se demoraba una semana. Me fui triste porque me había costado mucho hallar la solución y tomar impulso para proponérselo.

Yo no tenía claro si lo que sucedía era o no un pecado porque todo tenía lugar en la misma iglesia y con un sacerdote. Yo hacía las lecturas en algunas misas y, cuando iba a practicarlas a la sacristía, era que pasaba todo. Cada sábado que asistía a la preparación para mi primera comunión quedaba con mucho terror. Con lo que nos enseñaban sobre los pecados, el infierno y la ira de Dios me parecía que no tendría perdón. Una de mis preocupaciones principales era si debía contar eso en mi primera confesión y si eso sería suficiente para salvarme o debía hacer algo más.

Se me ocurrió que, tal vez, si me casaba con él, por ser el matrimonio un sacramento, las cosas quedarían saldadas. Sin embargo, no lo tenía claro, pero tampoco me atrevía a preguntarle a nadie directamente. Sí me recuerdo preguntándole a mi papá por qué los sacerdotes no se podían casar. Aunque no recuerdo qué me respondió, sé que entre su respuesta estuvo que algunos abandonaban el sacerdocio para tener familia.

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Aunque a mí me pareció que casarme con ese sacerdote carismático y reconocido por cantar rancheras saldaría mis cuentas con Dios, a la vez me parecía que eso sería peor, porque le estaría robando un sacerdote a la Iglesia y que eso a los ojos de Dios era imperdonable.

Yo no recuerdo cómo resolví o se resolvieron las cosas, cómo paró el abuso, ni qué dije en mi primera confesión o qué pasó con el sacerdote y mis lecturas durante las misas. Tampoco recuerdo si el sacerdote se fue de Argelia antes que mi familia y yo. Olvidé mucho de esa época porque, además, por esos años pasaban muchas cosas en el pueblo, hubo tomas guerrilleras y siempre había temor a la próxima, a un cilindro bomba, a un paro armado, etcétera, etcétera. A lo que se sumaba que mi familia estaba en transición hacia la vida en Medellín.

Lo cierto es que solo hasta mis treinta años, cuando decidí autónomamente ir a terapia psicológica, hablé de lo que me había pasado con ese sacerdote. Antes de eso era mi secreto y me parecía que no era algo significativo en mi vida. Y aunque a terapia llegué por el pánico que me daba hablar en público y lo problemático que eso era para mí siendo profesora universitaria, después de un tiempo me di cuenta de que ese pánico escénico, así como mi primer intento de suicidio, cuando aún vivía en Argelia, estaban asociados con eso.

No creo que los abusos del sacerdote hayan sido la causa absoluta de mi tristeza y posterior depresión, porque por mi vida pasaron otras cosas muy difíciles, pero sé con certeza que desde mis nueve años cargué una vergüenza y una culpa que no me correspondían. Tanto así que, ya adulta incluso, el sentirme como una mujer inteligente, linda y atractiva me generaba incomodidad, culpa, vergüenza y hasta temor.

Quiero adelantarme a quienes cuestionarán que dónde estaban mi mamá y mi papá cuando ocurrieron las cosas porque sé que nuestra sociedad todavía es tal que se responsabiliza a cualquiera, incluso a las víctimas, pero con dificultad a los victimarios. Mi mamá y mi papá estaban siendo los mejores padres posibles, me amaban y me cuidaban muchísimo, tanto así que yo era una niña brillante, líder, activa y una estudiante excelentísima. Pero no era su responsabilidad sospechar que un sacerdote, investido como mensajero de Dios, ejemplo de moral y abstención, abusara de su hija mientras preparaban las lecturas en la sacristía.

Si hay alguien responsable de eso es, en primera instancia, el sacerdote. Pero también lo son la Iglesia y la sociedad al volver a la sexualidad un tabú y confundirla con el pecado, a la vez que silencian y encubren los abusos que tienen lugar en instituciones bendecidas por Dios, como la misma Iglesia, el matrimonio y las familias tradicionales.

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En otros momentos me he referido a Argelia como un pueblito triste donde la gente guarda un silencio que murmulla. Y es que, aunque sé de lo inconveniente de generalizar, también sé que Argelia es un pueblo donde han tenido lugar muchos abusos y violencias: las propias del conflicto armado, que han sido las más visibles, pero hay otras que han ocurrido en la intimidad de las casas, la iglesia y algunas calles, otras violencias de las que casi nadie habla. Es un pueblo donde los abusos sexuales hacia mujeres, niñas y niños han sido comunes, así como lo ha sido su silenciamiento, primero, por la vergüenza que causa el hablar de ellos; pero también por la moral o doble moral, como se suele decir, que se obstina en defender a la Iglesia y a la familia tradicional sin un ápice de crítica a la vez que se encubren sus violencias.

Por eso, inspirada en la valentía de Giséle Pelicot y su poderosa frase, «la vergüenza debe cambiar de lado», y en el montón de víctimas de abuso sexual y otros tipos de abuso que hay en Argelia, incluso en mi familia, escribí esta columna. No quiero guardar más silencio ni sentir vergüenza o culpa. Aunque dudo mucho que esto pueda prevenir futuros abusos, incluso por parte del mismo sacerdote del que no he dicho su nombre —pero reitero, era carismático y cantaba rancheras—, algo en mí conserva la esperanza de que en hablar está el principio del cambio.

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    «Yo no tenía claro si lo que sucedía era o no un pecado porque todo tenía lugar en la misma iglesia y con un sacerdote. […] Se me ocurrió que, tal vez, si me casaba con él, por ser el matrimonio un sacramento, las cosas quedarían saldadas».

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