Cuando la inteligencia artificial comenzó a ser adoptada de forma masiva, las corporaciones detrás de ella insistieron en que no había habido en la historia una revolución tecnológica comparable. Vendieron sus modelos de lenguaje como la panacea para potenciar el conocimiento, el talento y las capacidades de individuos, grupos, instituciones y compañías. Contrastar centenares de fuentes bibliográficas o escribir y editar un ensayo se convirtió en un paseo. El artilugio de hablarle a la máquina tenía algo de acto de magia: bastaba promptear más o menos lo que uno quería. Los algoritmos se encargaban del resto.
La insoportable hipocresía en torno a la IA
hace 2 meses
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