Roxana Valladares estaba con su hijo de 6 años en el hospital de Homestead, al suroeste de Miami, cuando en plena madrugada comenzó a empacar. Agarró una manta, una muda de ropa para el niño y una silla plegable de playa. En una hielera puso agua y merienda, y pidió un Uber. A las 4 de la mañana se apostó frente a la corte de inmigración del downtown de Miami para tomar un buen puesto en la fila y poder entrar a su audiencia pasado el mediodía.
La angustia por entrar a una “mega audiencia” migratoria: “Si no llego, me ponen una orden de deportación”
hace 1 mes
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