
En los camarines del Auditorio Belgrano, Gabriel Rolón (Buenos Aires, 64 años) le pide a su alter ego, a quien llama Rolón, que lo deje en paz y que sus angustias no salgan a escena. Es un ritual invisible para el público que fija su atención en una escenografía acotada a un diván, un sillón y un escritorio, mientras escucha la voz de un paciente en un contestador automático: anuncia que tiene un arma en la mano y se debate entre la vida y la muerte.

