
“¡Llenen los cartuchos, muchachos!”, grita Hernán Darío López. Cinco de los siete alumnos alzan el suyo al cielo enseguida, con siete balas insertadas a toda velocidad. Los otros dos se atascan. “Cada minuto es valioso. Cuando sean parte de un esquema de seguridad no van a tener tiempo para pensar”, insiste el instructor. Les tiemblan las manos. Se secan el sudor en el pantalón cargo con estampado militar y recolocan, nerviosos, las orejeras. “Ay, mamita. Acá los molesta el profe López, pero en la calle los va a molestar una amenaza real”, presiona. “¡Ya!”, grita aliviado el último de la fila. Las demás instrucciones las conocen. Armas a 45 grados. Cargan. Proyectan. Y disparan a una silueta blanca con huecos anteriores tapados con cinta adhesiva. En cuestión de segundos caen al césped siete casquetes al unísono, se escucha el eco retumbando en toda la montaña y la pólvora mata el olor a eucalipto. Detrás de ellos, otros 25 alumnos practican el disparo con una réplica de hierro y las manos igual de sudorosas.

hace 7 horas
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