Una mujer lloraba desesperada y pedía una máquina. Su hermana estaba bajo la montaña de unos pocos metros de altura en la que quedó reducida la torre de 12 pisos donde vivía. “Una máquina, por favor. Necesito a mi hermana que está ahí abajo”. En otro edificio de La Guaira, de medio millón de habitantes, un hombre miraba a ninguna parte mientras acariciaba un cadáver cubierto por una manta, que estaba al lado de otros dos. Más allá otros cuerpos a la espera de funcionarios de la morgue que todavía no llegan 18 horas después del desastre, como tampoco los rescatistas ni los equipos ni las cuerdas ni las máquinas ni el agua.
En el epicentro del terremoto de Venezuela: “Una máquina, por favor. Necesito a mi hermana que está ahí abajo”
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