Así vive Quibdó la crisis por el terremoto: “Entramos a las casas rezando para que no se caigan o no haya otro temblor”

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En solo diez minutos el andén del Hospital San Francisco de Asís de Quibdó se transformó en una sala de urgencias improvisada. Las enfermeras cruzaron el umbral a toda prisa, empujando incubadoras con bebés prematuros y camillas donde los enfermos se resguardaban bajo cobijas pesadas.

“Salgan rápido, salgan rápido que hay que evacuar porque hubo otro temblor”, gritó varias veces un vigilante.

La del jueves fue apenas una de las 289 réplicas que siguieron al sismo con epicentro en San José del Palmar, a 431 kilómetros de la capital chocoana.

El pánico a que colapsara el maltrecho edificio —el único hospital de segundo nivel en la región, hoy agrietado y fisurado— es solo una cara de la tragedia en Chocó, donde el balance deja 13 muertos, 182 heridos y 21.000 damnificados.

Cuando la tierra dio tregua, quedó intacta la zozobra que se siente desde las 7:34 a.m. del lunes. A esta sede médica arribaron más de 80 heridos en las primeras 48 horas de la crisis.

Por prevención, varios debieron ser atendidos a la intemperie mientras la ingeniería evaluaba si los muros aún podían resistir.Una vez controlada la emergencia, el personal habilitó los espacios prioritarios para atender a los pacientes, al menos mientras se gestionaba el traslado a Medellín de los casos más graves.

La medida dio un respiro a un hospital de 189 camas que, en el punto más crítico de la crisis, vio desbordada su capacidad hasta un 230%. Sobre las maniobras para descongestionar el centro asistencial, el agente interventor Ovidio Garrido dijo que la gestión oportuna ante el Gobierno Nacional facilitó las remisiones aéreas a Antioquia, una medida determinante para aliviar la sobrecarga del hospital y garantizar la atención del resto de los afectados.

Aunque en Quibdó existen otros cuatro centros asistenciales, todos son de primer nivel y dos terminaron fuera de juego: uno por los daños que el sismo le dejó en los muros y el otro asfixiado por la crisis financiera que lo dejó sin con qué operar.

El San Francisco de Asís carga además con la responsabilidad de atender a una población altamente vulnerable: según el Dane, el 65,3% de sus habitantes vive en condiciones de pobreza monetaria y el 32,5% se encuentra en extrema pobreza.

Dicen que al caído, caerle. La crisis de este hospital es el claro reflejo de ello, pues en medio de la emergencia debió lidiar con constantes cortes de energía que terminaron por averiar las neveras donde se guardaba la sangre donada.

Sin embargo, la Fundación del Doctor Camilo Prieto y la agrupación ChocQuibTown donaron dos nuevos equipos de refrigeración, con la esperanza de que resistan los incesantes apagones de la red eléctrica, cortes habituales incluso antes del terremoto.

En Quibdó y gran parte del Chocó las recomendaciones para evacuar estructuras agrietadas por el sismo no fueron escuchadas. Muchos de los afectados no se han ido para los albergues, algunos por el miedo a los saqueos y otros porque simplemente no se quieren desprender del techo que los ha acogido toda su vida y construyeron con esfuerzo.

A sus 84 años, Luis Ernesto Sánchez Ordóñez consiguió una veintena de ladrillos y arena para levantar un muro en el fondo de su casa en La Cascorba.

En las fachadas de este barrio apenas se intuyen las ruinas, pero adentro las paredes están partidas en dos y los patios, junto a las cocinas, cuelgan al borde del vacío.

“Se me cayó parte de la casa y estoy tratando de levantarla de nuevo con mis propios recursos porque no tenemos más para donde irnos y necesitamos hacer nuestras necesidades”, dijo Luis Ernesto, quien sacó de sus ahorros para comprar materiales de construcción.

La decisión de Luis Ernesto no es la excepción en este barrio, donde cerca de 30 casas quedaron destruidas por dentro; es, más bien, la regla en la capital chocoana. Confiados en que la estructura aguantará —según sus propios cálculos empíricos—, los vecinos compran cemento y ladrillos para resanar las grietas, pintar los muros y simular que por allí nunca pasó el temblor.

“Nosotros revisamos todo el edificio y está bien. Tiene algunos daños que no ponen en riesgo a nadie y por eso empezamos a arreglar”, dijo el dueño de un establecimiento comercial en el centro de Quibdó, el cual no tuvo orden de evacuación por parte de las autoridades.

En al menos cinco barrios de la capital chocoana, las viviendas quedaron seriamente comprometidas, aunque sigan en pie. Al haber sido levantadas sobre laderas, el sacudón de la tierra ensañó su golpe en las partes traseras de los inmuebles, dejando las fachadas casi intactas mientras los fondos colapsaban.

Sin embargo, muchos prefirieron quedarse: las condiciones en los albergues, aseguraban, rozaban lo inhumano, y mudarse era una misión imposible. En los sectores golpeados, la oferta de vivienda quedó reducida a ruinas; en los barrios que se salvaron de los estragos, los arriendos se dispararon hasta los $2 millones o más, una cifra impagable para las familias que se quedaron sin techo.

Daniela Palacio, residente en el barrio Medrano Las Palmas, otro de los más afectados, se tuvo que refugiar en la casa que estaba destrozada por el sismo, pero que se mantenía firme. Detrás de la cinta de acordonamiento puesta por funcionarios de la Alcaldía de Quibdó, esta mujer se ubicó con su mamá y su hermano para tener un techo que los cubriera de las fuertes lluvias que no han dejado de caer.

“Nos tenemos que quedar acá porque no nos queda de otra. Cuando no llueve, muchos de los vecinos duermen en la mitad de las calles en colchonetas, pero como ha llovido tanto, algunos logran irse para donde familiares, pero la mayoría se meten a las casas, rezando que no haya otro temblor o que la casa no se caiga”, relató.

Entre las viviendas que tienen grietas de hasta dos centímetros y los pisos resquebrajados, algunas familias aprovechan el servicio de energía para poner música y preparar comida. En otras, les toca pasar la noche a la luz de las velas, entre las ruinas, conversando con sus vecinos.

Tal es el caso de Marta Osiris Córdoba, otra residente de este barrio, quien estaba con otras dos mujeres, iluminadas por dos velas, bajo el techo deteriorado por cuenta del sismo, aunque desde afuera la fachada se ve intacta. Aseguró que desde que ocurrió el terremoto, son pocas las horas en las que ha logrado conciliar el sueño, bien sea por la incomodidad de la calle cuando la lluvia la ha dejado o por el miedo de que su vivienda se caiga a pedazos.

“Acá nos reunimos todos a conversar, como una especie de guardianes, para aquellos que se lograron entrar a sus casas a descansar. Si pasa algo, nosotros de inmediato comenzamos a alertar para que salgan de las casas antes de que ocurra una tragedia”, comentó, en medio de la oscuridad y después de uno de los aguaceros tradicionales de esta selvática ciudad.

Escenas de este tipo no son exclusivas de la veintena de barrios de Quibdó con viviendas en ruinas o con grietas. Se repiten, en mayor o menor escala, a lo largo de otros 28 municipios del departamento.San José del Palmar (epicentro, ubicado a siete horas de Quibdó por tierra), Nóvita, Sipí, Alto Baudó, Atrato, El Carmen de Atrato, Río Quito, Istmina, Bagadó, Bajo Baudó, Nuquí, Riosucio, Medio San Juan, Condoto, Bahía Solano, Litoral del San Juan, Cantón de San Pablo y Unión Panamericana fueron algunos de los más afectados.

En Unión Panamericana una de las zonas más afectadas fue el sector La Y, un corredor por el que pasa la vía que conecta a Quibdó con el Eje Cafetero y donde el 70% de las propiedades que se ven a bordo de carretera se cayeron total o parcialmente.

Tras el sismo, algunos de sus habitantes miraban con desconsuelo cómo quedó su vecindario, mientras que los afectados tuvieron que buscar apoyo en otros territorios.

En los municipios enlistados el drama no solo pasaba por los daños ocasionados por este movimiento sísmico, sino también por la escasez de energía y agua, que es moneda corriente en este territorio, pero que se agudizó por cuenta del sismo.Incluso en municipios como Tadó y Unión Panamericana las plantas eléctricas, que funcionan a combustible, se volvieron un tesoro preciado, principalmente en establecimientos comerciales.

Estas máquinas, que generan energía y pueden costar entre $1 millón y $6 millones según su capacidad, se veían en los lugares considerados “más lujosos”. Los demás tuvieron que pasar la semana en la penumbra.Durante las primeras 72 horas tras el remezón, el agua fue otro bien inexistente en los municipios del Chocó.

La población debió resignarse a comprar botellas y garrafones para cocinar o atender el aseo más elemental, mientras una misma sentencia se multiplicaba en las fachadas de los comercios: “Cerrado por falta de agua”.En el barrio Medrano Las Palmas, personal de la Federación Luterana Mundial y la Unicef llegó con camiones cisterna a llenar tanques de agua y así satisfacer esta necesidad vital en medio de la tragedia.

Sebastián Pérez, coordinador de operaciones de la federación, explicó que volcaron su presencia en este sector por ser uno de los más golpeados. Hasta allí desplazaron un cargamento con más de 9.000 litros de agua potable, además de kits de aseo y suministros básicos para mitigar el desabastecimiento de las familias.

La llegada del camión movilizó de inmediato a la comunidad. Los pobladores se sumaron a las labores para descargar y llenar los depósitos, al tiempo que organizaron una veeduría improvisada para vigilar el consumo y evitar que se desperdiciara el líquido en pleno desabastecimiento.

Albergues inundadosPero no todos resistieron en sus hogares. Ante la certeza de que las paredes pendían de un hilo, más de cien personas aceptaron trasladarse a los albergues temporales que habilitó la Alcaldía de Quibdó.

Uno de estos refugios se improvisó en el Coliseo de Boxeo, muy cerca del aeropuerto El Caraño. Allí arribaron unas 20 familias desde la tarde del lunes, compuestas en su mayoría por niños pequeños que no superaban los ocho años.Sin embargo, la tregua duró poco. Los aguaceros que golpean sin pausa a la región terminaron por anegar el escenario deportivo, inundando el suelo y dejando a los evacuados con las colchonetas empapadas.

Entre los evacuados del Coliseo de Boxeo estaba Daniela Jordán, una habitante del barrio La 18 que llegó al lugar buscando amparo para su pareja y sus cuatro hijos. Tras el anegamiento del escenario, describió el calvario que enfrentan a diario: un bochorno sofocante durante las jornadas de sol y el agua inundando los pisos apenas cae la noche, dejándolos sin un rincón seco donde pasar la madrugada.

El calvario se extiende porque los baños de este espacio tienen problemas y las decenas de niños que allí se encuentran tienen que ser vigilados para no lesionarse con los espejos o las máquinas de ejercicio.

“Es muy duro todo acá y es poco lo que podemos descansar, porque esto se nos inunda y todo el tiempo hay bulla. Además nos toca estar pendientes de los niños que no les vaya a pasar nada”, dijo Deicy Yurany Pérez, afectada del barrio El Horizonte.

Todo en Quibdó parece volver a una normalidad fracturada, a una cotidianidad en ruinas. Diez minutos después de la evacuación por la réplica del jueves, las incubadoras y los pacientes ubicados en una carpa regresaron a sus cubículos en el San Francisco de Asís; Luis Ernesto y los vecinos de La Cascorba siguen remendando sus casas, mientras las matronas cuidan la vigilia del pueblo conversando a la luz de las velas.

“No nos dejen solos”, claman.

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