Una geografía del rechazo

hace 3 horas 5

Una geografía del rechazo

Resumen: Carlos Mario Cortés relata episodios de discriminación por el barrio de origen en Medellín y hace un llamado a superar la geografía del rechazo.

Este resumen se realiza automáticamente. Si encuentra errores por favor lea el artículo completo.

Hace pocos días me encontré en Facebook un video viral donde se muestra el momento en el que una mujer le pide a un joven, hincha del Junior de Barranquilla, abandonar el estadio por haber entrado en chancletas. Al observar el video, muchas personas en redes sociales manifestaron su indignación ante la humillación viralizada. “Me sentí incómodo y mal”; adujo el joven angustiado, quien tuvo que ahorrar para ir a alentar a su equipo del alma. Nunca creyó encontrarse con alguien que le criticara su forma de vestir a sabiendas de que, según él, estaba vestido decentemente; solo que fue en chancletas. De discriminaciones está lleno el mundo. Es lamentable que esto suceda en pleno siglo XXI, cuando supuestamente el mundo ha avanzado más en temas de sana convivencia. ¡Pobre muchacho!, humillado y discriminado solo por ir en chanclas al estadio.

Di unos pasos hacia el balcón y, mirando al horizonte recordé lo que me sucedió hace poco. Estábamos en un simposio, uno de esos lugares donde los expertos —personas que cada día saben más de menos cosas— hablan y hablan enredado para que nadie les entienda. Llegó la hora del refrigerio y un colega me presentó unos profesores de otra universidad. Con solo verlos pude calcular que venían de la alta alcurnia; fue así como, al mirarlos fijamente, pude constatar que, a pesar de sus poses y de sus adornos postizos, aún persistía en ellos el rostro y el hablado de los paisas. Paisas igual que yo. En medio de la conversación, la señora muchacha o muchacha señora —la verdad, no sé calcular edades— me preguntó “¿y en qué colegio te graduaste?”. Con orgullo respondí: “egresé de la Institución Educativa Alfredo Cock Arango, en el barrio Castilla, y la educación primaria la hice en el barrio Santa Cruz, todo en las comunas de Medellín”. Al escuchar mi respuesta, pude notar cómo en aquel rostro escuálido, inmediatamente, fui clasificado. Asoció mi barrio con mis capacidades; su mirada habló sin necesidad de mover los labios.

Qué triste es comprobar que, para muchos, el lugar de origen, el acento o la posición socioeconómica siguen siendo una sentencia que determina y limita las capacidades o los comportamientos de una persona. Ya me estaba dando rabiecita conmigo mismo por haber permitido semejante humillación. Me senté, aparentemente relajado en mi sillón, y de inmediato me llegó otro amargo recuerdo. Hace poco más de dos años, muy desconcertada, una amiga me contó algo que le había sucedido la noche anterior con sus amigas mientras compartían en una reconocida discoteca del Parque Lleras, en el barrio El Poblado de Medellín. A una de ellas le llamó la atención un joven de tez trigueña, por lo que hizo hasta lo imposible para hacerse notar y bailar con él. Sin embargo, en medio de la conversación, al oído, le preguntó en qué barrio vivía, y él respondió que residía en Robledo, en la comuna noroccidental. Sin pensarlo dos veces la actitud de la mujer cambió radicalmente; el hombre a quien antes deseaba conquistar pasó a ser rechazado y excluido al instante, únicamente por su lugar de residencia. Lo irónico, y lo que nadie supo en ese momento, era que la mujer que lo despreciaba vivía en el mismo barrio, apenas unas cuadras más arriba de la casa de él.

Me paré como un relámpago y me fui para mi escritorio a escribir este artículo; tenía más rabiecita acumulada. Ya con dos tintos encima, vino a mi memoria algo que me sucedió y me marcó cuando, siendo joven, quise trabajar y no podía conseguir empleo. Me quedó claro que en Colombia el tipo de educación básica o secundaria que se tuvo influye en el recorrido que tendrá una persona en la sociedad. En la década de los noventa del siglo anterior, las entrevistas de trabajo estaban condicionadas a saber de dónde venían los aspirantes; había barrios vetados. Si alguien buscaba trabajo y era de los barrios Castilla, Doce de Octubre, Santa Cruz, Aranjuez u otros más, el empleo le era negado. Recuerdo que eso se denunció, pero nadie le prestó atención. La estigmatización y la humillación por vivir en ciertos barrios fue y sigue siendo real. Es urgente comprender que la geografía nunca define el talento, ni la cuna condiciona la inteligencia o la nobleza del espíritu. Nadie debe ser discriminado por ningún motivo, ya sea su origen, su clase social, su cultura o su historia de vida. Vivimos en una geografía del rechazo.

Estas anécdotas reales reflejan una triste realidad: el prejuicio social nos ciega tanto que muchas veces terminamos rechazando aquello que somos, por el simple miedo a no encajar en la sociedad. Hay a quienes les da pena decir de dónde son o dónde viven. Discriminar a los demás por su lugar de residencia o condición social no solo es un acto de soberbia y superficialidad, sino también de una gran ignorancia. Pretender aparentar lo que no se es, o mirar por encima del hombro a quienes comparten nuestras mismas raíces, demuestra una profunda falta de identidad y empatía. Nadie es más por el barrio donde habita, y el verdadero valor de una persona nunca se medirá por un estrato socioeconómico, sino por su autenticidad, su respeto y la calidad del trato a los demás. No más geografía del rechazo.

Las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de su autor.

Leer el artículo completo