Al anochecer de un miércoles reciente, mientras una fría lluvia caía afuera, los pasillos de un centro recreativo parroquial en Queens comenzaron a llenarse lentamente. Uno a uno, estudiantes de todas las edades fueron llegando. Caminaban de un lado a otro por el pasillo de baldosas verdes, estrechando la mano de cada persona ya sentada, mientras desde las aulas vecinas se filtraban los sonidos de violines afinándose y el rasgueo rítmico de guitarras. Una niña corrió hacia su ensayo, con un estuche de violín tan grande como ella misma. Los padres que bordeaban el pasillo –muchos de los cuales son estudiantes también– se acomodaron para esperar sus propias clases.

hace 1 mes
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