A mediados de la década de 1980, Martin Scorsese estaba empezando a asimilar una dura lección. La industria había cambiado. Quedaban atrás los días del Nuevo Hollywood y su estridente revolución cinematográfica. Los grandes estudios ya no estaban tan dispuestos a dar carta blanca a la generación de cineastas rebeldes que, como el propio Scorsese, había irrumpido 15 años antes para cambiar las reglas del negocio.

hace 2 meses
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