Teatro del absurdo

hace 3 horas 2

A diferencia de sus referentes del viejo continente, el teatro latinoamericano no se limitó a criticar lo social, sino que arremetió directamente contra lo político. […] Convirtieron el absurdo en herramienta política.

Por John Chica. Colaboración con Oriente Capital (@oriente.capital).

Hay una faceta que pocos conocen o recuerdan de mí: en mi adolescencia amé el teatro sobre todas las cosas. Fue tan grande mi pasión que sacrifiqué temporalmente el fútbol para dedicar noches enteras a la lectura, la puesta en escena e incluso la escritura de nuestras propias obras.

Digo nuestras, porque no sería justo asignarle esta aventura noventera a una sola persona. Entre los amigos que nos sumergimos en esto recuerdo a Julián Toro, quien traía vena literaria de su padre y su abuela, entendidos de la picaresca y la poesía cejeña. Con Julián coprotagonizamos varias obras, intercambiando de vez en cuando el protagónico por el antagónico para que el público —y nosotros mismos— no cayéramos en la rutina.

Con Julián y otro amigo, Robinson Bedoya, escribimos un pequeño libreto carcelario que combinaba sátira política y teatro del absurdo. Empezaba con diálogos al azar del Quijote y Cien años de soledad, y terminaba en una cárcel, inspirados en Caronte liberado de Manuel Zapata Olivella —que también representamos juntos— y en Nada nuevo bajo el cielo raso de Gonzalo Arango.

Los tres, con otros compañeros y compañeras, conformamos un empírico grupo en el colegio salesiano bajo la batuta del gran escritor e incomparable profesor Juan Gabriel Medina, quien nos conectaba con una línea intelectual y bohemia del municipio, como una especie de derivación artística de la gran poetiza Marga López.

Opinión: Quedar bien

Ese teatro fue determinante en todos y en todo. A mí me enamoró de las humanidades y de la economía política, pero también me hizo transitar mis facetas más oscuras. Terminé convertido en Media Vida, uno de mis personajes, cantando el relato de Sergio Stepansky con una botella de ron y un cigarro en la mano. Y en todo ello hubo una influencia posterior que se cierne como hilo conductor de mi historia.

Un punto de quiebre fue intentar representar El maestro de Eugène Ionesco, obra clásica del teatro del absurdo. Este movimiento nació en Europa en los años cincuenta como respuesta a un mundo que acababa de vivir dos guerras mundiales y no tenía explicaciones satisfactorias para lo que había hecho. Sus dramaturgos construyeron obras donde la lógica no funciona, el lenguaje miente, el poder aplasta sin justificarse y los personajes esperan algo que nunca llega. En esta obra esperamos todo el tiempo al Maestro, y cuando llegó, ¡no tenía cabeza!

Como si se tratara de una profecía, perdimos a nuestro maestro en los ensayos. Nuestro talento no alcanzó, su paciencia se quedó sin cabeza y el absurdo nos absorbió.

Tiempo después, como estudiante de economía, decidí complementar mi plan de estudios con materias optativas de historia, entre ellas una específicamente sobre la economía política contada a través de obras de teatro.

Recuerdo que empezamos con Los Persas de Esquilo, escrita en el 472 antes de Cristo, que narra la derrota de un imperio que gastó en guerra lo que no tenía. Seguimos con Ricardo III de Shakespeare, el manual del monopolista político: elimina competidores, compra lealtades, y todo se derrumba. ¡Mi reino por un caballo! Luego Fuenteovejuna de Lope de Vega, donde una comunidad decide hablar con una sola voz para destruir al señor feudal que la explota. «¿Quién lo hizo?» «Fuenteovejuna, señor». La ópera de los tres centavos de Brecht, crítica descarnada al capitalismo. La vida es sueño de Calderón de la Barca, con su lectura del mito de la caverna, y muchas obras más.

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Terminamos con Guadalupe años cincuenta del Teatro La Candelaria. Colombia no produjo teatro del absurdo puro en el sentido europeo, pero hizo algo más interesante: lo absorbió y lo transformó. El Teatro La Candelaria incursionó en sus primeras etapas en ese absurdo europeo, igual que Enrique Buenaventura en Cali. A diferencia de sus referentes del viejo continente, el teatro latinoamericano no se limitó a criticar lo social, sino que arremetió directamente contra lo político. Los dramaturgos latinoamericanos veían su continente como un mundo regido por violentos contrastes entre la realidad absurda y la aparente lógica de las situaciones. Convirtieron el absurdo en herramienta política.

Guadalupe años cincuenta narra la historia de los guerrilleros liberales que depusieron las armas creyendo en una promesa del Estado colombiano. Lo que siguió fue su exterminio sistemático. Es la obra más importante sobre el incumplimiento institucional que tiene este país, y casi nadie la ha leído.

En mi caso, con ella se fue de a poco el furor por el teatro y volvió la magia del fútbol, pero algo de todo esto se quedó para siempre. Una postura crítica. Una postura política.

Todo se vuelve nostalgia cada vez que el gran Abel Anselmo Ríos nos comparte una puesta en escena de La República de Débora Arango con su teatro Bitácoras de La Ceja. La acuarela más política que produjo Antioquia convertida en fábula con todos sus animales. El poder eclesiástico, el militar y el económico sentados a la misma mesa. Débora Arango lo pintó desde Envigado, y Abel Anselmo lo volvió vida —o más bien muerte— a unos cuantos kilómetros.

Estas obras no requieren ser vistas en un teatro. Se pueden leer. Y se pueden leer pensando en el Oriente, en sus conflictos de tierras, en su moralismo, en sus alcaldías, en sus acuerdos incumplidos. El drama no ha cambiado. Solo cambiaron los nombres del reparto.

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    Todo, en todas partes, al mismo tiempo

    «La economía colombiana vive su propio multiverso. Como en la película ganadora del Oscar, todo está pasando al mismo tiempo, en todas partes, y nadie tiene muy claro cómo termina».

  • Nada nuevo bajo el cielo raso

    Nada nuevo bajo el cielo raso

    «El nadaísmo nos enseñó que la honestidad duele, pero que la mentira duele mucho más. Nos enseñó que en economía y política nada es sagrado, por más subversivo que esto pueda parecer».

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