Pa’ esto voté

hace 3 horas 5

Se tenía que decir.

Si hoy terminara el Gobierno de Abelardo de la Espriella, después de apenas unos meses de haber comenzado, yo podría decir algo que para algunos será incómodo, pero que para mí resulta evidente: ha hecho más en este corto tiempo de lo que yo sentí que se hizo durante los cuatro años del Gobierno de Gustavo Petro.

Y sí, lo digo sin miedo: me siento orgullosa de haber votado por Abelardo de la Espriella.

No porque pensemos exactamente igual en todo. Sería absurdo pretenderlo. Compartimos muchas ideas, muchas preocupaciones y una visión sobre el rumbo que debería tomar Colombia, pero hay algo que, para mí, nos une mucho más que cualquier coincidencia ideológica: un enemigo común llamado corrupción.

La corrupción no tiene color político cuando termina llevándose los recursos que deberían convertirse en colegios, hospitales, vías, seguridad, oportunidades y programas sociales.

Ese es el verdadero problema.

También lo es el desgaste de las instituciones, la burocracia que termina paralizando al Estado y la falta de inversión social cuando quienes gobiernan olvidan que administrar lo público no es administrar lo propio.

Porque cuando un gobernante llega al poder, no llega a administrar una finca. Llega a administrar los recursos de todos.

Y durante los últimos cuatro años vimos un país profundamente polarizado, con enormes discusiones alrededor del manejo de los recursos públicos y con investigaciones y procesos judiciales que siguen teniendo consecuencias. Hoy, además, la discusión internacional sobre sanciones y posibles medidas de Estados Unidos ha vuelto a poner sobre la mesa algo que debería preocuparnos mucho más que la posibilidad de perder una visa: las consecuencias institucionales, económicas y reputacionales que pueden tener determinadas actuaciones públicas.

OFAC, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, administra programas de sanciones y listas públicas. Estar incluido en una de esas listas puede tener consecuencias que van mucho más allá de poder o no viajar a Estados Unidos. (OFAC)

Por eso, para mí, esta discusión nunca ha sido sobre si alguien podrá volver o no a comprar ropa en un centro comercial, visitar un parque de diversiones o hacer turismo en Estados Unidos.

La discusión es mucho más profunda.

Es sobre lo que significa para una persona, para una empresa y para un país que existan señalamientos o sanciones internacionales y sobre las consecuencias jurídicas, financieras y reputacionales que pueden derivarse de ellas.

Y precisamente por eso también digo: Abelardo de la Espriella tiene una enorme responsabilidad.

Llegar al Gobierno con un discurso fuerte es una cosa. Gobernar es otra.

Ahora tiene que demostrar, con resultados, que aquello que prometió puede convertirse en realidad. Tiene que defender las instituciones, cuidar los recursos públicos, recuperar la confianza y cumplirle a quienes depositamos nuestro voto en él.

Porque para eso voté.

Lo repito: para eso voté.

No para que simplemente cambiara el discurso.
No para que cambiara de protagonistas la política.
No para que una clase política reemplazara a otra.

Voté para que el Estado funcione.

Voté para que los recursos públicos lleguen donde tienen que llegar.

Voté para que la seguridad, la justicia y la inversión social vuelvan a estar en el centro de las decisiones.

Y especialmente voté para que la corrupción deje de ser una frase de campaña y se convierta en un problema que realmente se enfrente.

Porque esto no termina en Bogotá.

Lo nacional inevitablemente termina llegando a las regiones.

Y aquí viene lo que, para mí, realmente importa.

En aproximadamente trece meses tendremos elecciones territoriales. Y Antioquia tendrá nuevamente la oportunidad de decidir qué clase de gobernantes quiere para sus municipios y para su departamento.

Ahí es donde tendremos que demostrar si aprendimos algo.

Yo quiero gobiernos que inviertan en la gente.

Gobiernos que entiendan que un joven necesita oportunidades y no discursos.

Que un adulto mayor necesita atención y dignidad.

Que las personas con discapacidad necesitan inclusión real.

Que las mujeres necesitan oportunidades.

Que las familias necesitan seguridad, empleo y servicios públicos que funcionen.

Quiero gobernantes que sepan construir puentes, no solamente discursos. Que sepan administrar, ejecutar y responder. Que entiendan que detrás de cada peso del presupuesto hay un ciudadano que espera una respuesta.

Porque la política no debería medirse solamente por cuántos cargos se reparten, cuántas fotografías se publican o cuántas alianzas se anuncian.

La política debería medirse por lo que cambia en la vida de la gente.

Y por eso cierro esta edición de Se Tenía Que Decir con la misma frase con la que empecé:

Para esto voté.

Y ahora les corresponde a los gobiernos demostrar que ese voto valió la pena.

Porque cuando llegue el momento de decidir en nuestras regiones, no deberíamos preguntarnos solamente quién tiene más poder.

Deberíamos preguntarnos:

¿Quién realmente sabe gobernar para la gente?

Se tenía que decir.

Las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de su autor.

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