Otra vez el dólar

hace 3 semanas 41

¿Para dónde va el dólar? ¡Para abajo!, digo yo, porque me parece evidente, habiendo caído desde un valor cercano a los $5 000 hasta los $3 250 que veo en pantalla mientras escribo esta columna. No lo digo con alegría […], lo digo con preocupación.

Por John Chica. Colaboración con Oriente Capital (@oriente.capital).

Un buen amigo, docente universitario, es uno de mis principales y más críticos lectores. Alguna vez me dio a entender que percibía que mi columna hablaba sobre el mercado cambiario cada vez que me quedaba sin tema.

Cierto o no, el precio del dólar en Colombia nos lleva a discutir cada poco tiempo. En las visitas que suelo hacer a distintas empresas como consultor, los empresarios permanentemente retornan a la pregunta detonante: ¿para dónde va el dólar?

¡Para abajo!, digo yo, porque me parece evidente, habiendo caído desde un valor cercano a los $5000 hasta los $3250 que veo en pantalla mientras escribo esta columna. No lo digo con alegría, como pensó alguna vez un importante floricultor de la región. De hecho, lo digo con preocupación.

Hay muchos conceptos y preguntas subyacentes que tendríamos que estar discutiendo en los entornos empresariales más a menudo. Este es, por ejemplo, el valor más bajo de la divisa que hemos tenido en 6 años. Solo entre enero de 2025 y julio de 2026, la tasa representativa del mercado (TRM) pasó de cerca de $4400 a alrededor de $3440, una apreciación del peso cercana al 22%. Varios analistas coinciden en que este comportamiento responde a una combinación de factores: las altas tasas de interés del Banco de la República frente a las de la Reserva Federal de Estados Unidos, un ingreso importante de dólares por operaciones de deuda pública, la lectura favorable de los mercados sobre temas políticos y una debilidad generalizada del dólar a nivel global.

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En cuanto a estas hipótesis, diría que todo influye, pero no todo es definitivo. Las remesas, los dólares de la economía subterránea, las plataformas digitales —las de «contenido», por ejemplo—, los salarios de empleados de multinacionales extranjeras, las operaciones del Gobierno, Trump, Irán, el petróleo, la política: son tantas y tan variadas las posibles causas de cada movimiento del dólar, como amplias y difusas las explicaciones, en las que todo funciona de manera sistémica y se traduce en el comportamiento del precio de una moneda. No nos desgastemos tanto en explicar el fenómeno como en actuar frente a sus efectos.

Entre los actores más afectados en la región del Oriente antioqueño están los floricultores. Estos venden en dólares, pero pagan casi todos sus costos en pesos: salarios, transporte, energía e insumos. Cuando el dólar baja, cada venta al exterior se convierte en menos pesos, sin que los costos bajen en la misma proporción. El golpe es doble para el sector: por un lado, la floricultura es intensiva en mano de obra, y la mayoría de los trabajadores devengan entre uno y 1,5 salarios mínimos, por lo que el aumento salarial de inicio de año se suma a la presión cambiaria. Por otro lado, los gremios han advertido que Estados Unidos podría subir el arancel a las flores colombianas del 10% al 15%. Anif ha llegado a advertir que, de mantenerse esta tendencia, podrían verse afectados muchos de los más de 200000 empleos del sector floricultor, con especial impacto en regiones como el Oriente antioqueño y la Sabana de Bogotá.

¿Qué pueden hacer los floricultores de la región? He leído a muchos colegas que recomiendan, inicialmente, cubrirse ante el riesgo cambiario usando contratos forward u otros instrumentos financieros, fijando hoy una tasa de cambio futura y protegiendo el ingreso, aunque el dólar siga cayendo. Esta alternativa me parece tardía y compleja. Tardía porque una cobertura con dólar a $3250 no alcanza en muchas empresas ni para llegar al punto de equilibrio. Compleja porque el mercado se compone de empresarios de distintas características, muchos de ellos dueños de pequeños cultivos familiares que no dominan, entienden ni practican las estrategias más básicas de planeación financiera como para implementar de la noche a la mañana un instrumento sofisticado como un derivado financiero.

Otra recomendación que he leído es la de diversificar mercados, buscando destinos como Alemania, Dinamarca o Suiza, para depender menos del mercado estadounidense y su riesgo arancelario. Esta recomendación me parece un tanto descontextualizada dado que las flores colombianas se exportan a destinos muy diversos hace ya años, lo cual no resuelve el reto cambiario, ya que, independientemente del destino, las ventas finalmente se suelen monetizar en dólares.

De este modo, las estrategias que quedan son las que tienen que ver con la eficiencia y productividad en campo, en procesos y en logística, rubros donde pequeñas mejoras impactan directamente el margen. Entre estas se destacan alternativas como mejorar el manejo agronómico, reducir la incidencia de plagas y enfermedades, reducir desplazamientos en planta, planificar y consolidar los despachos para reducir los fletes, controlar estadísticamente los procesos, implementar proyectos de transformación digital, gestionar técnicamente los costos, reducir el producto no conforme y aprovechar los tallos de descarte, entre otras.

Asimismo, conviene tecnificar y agregar valor: invertir en procesos que reduzcan la dependencia de mano de obra intensiva en determinados procesos –no reduciendo la cantidad de trabajadores, pero sí aumentando su capacidad productiva para procesar mayores volúmenes– y avanzar hacia productos con mayor diferenciación o valor agregado en lugar de competir solo por precio.

Otra alternativa es la de renegociar precios con los clientes. Esto, más que una solución verdadera, es una decisión de corto plazo, pues fija el precio con base en los costos y no en el valor de mercado. En este sentido, es importante promover una cultura de fijación de precios con base en costos en toda la industria, evitando caer en la guerra del centavo como intento de supervivencia, lo cual solamente conduce a un deterioro general del mercado.

Por último, ya se empiezan a escuchar voces gremiales solicitando líneas de financiamiento, mejoras logísticas y programas de fomento, lo cual es crítico y urgente, dado que el fenómeno de un dólar bajista no parece pasajero, sino estructural. Para los floricultores del Oriente antioqueño, la recomendación no es esperar a que el dólar suba, sino actuar ahora: ganar eficiencia para proteger el empleo y la sostenibilidad de una de las principales fuentes de ingreso y trabajo formal de la región. El Gobierno, por su parte, deberá pensar en ayudas o soluciones. ¿Revivir un subsidio directo al exportador por cada dólar exportado sería una contradicción ideológica? ¿Qué tipo de programa de fomento ayudaría a los floricultores, los de asistencia técnica o los de apoyo y cofinanciación? Allí todavía habrá mucha tela por cortar.

P. D.: Hace casi un año apunté a un dólar a $3 700 y un eventual piso a $3 400. Haciendo análisis técnico, luego de romper el piso de $3400 hay pocos niveles de soporte más abajo. Tal vez el rango de $3000 a $3100 sea un soporte natural, aunque gráficamente se ve un fondo en $2700 que sería catastrófico para el sector exportador. Me gustaría pensar que habrá una recuperación paulatina a $3700, pero en una variable no controlable no basta con desearlo para que suceda.

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