No soy desechable
Resumen: los habitantes de calle no son pocos y su número aumenta cada día. Yo me pregunto: ¿cuánta droga se consume un fin de semana en discotecas, bares y sitios de entretenimiento?
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En el trajín cotidiano de un bus urbano, la realidad suele golpearnos cuando menos lo esperamos. Un día de tantos que nos da la vida, el bus se detuvo en un cruce de semáforo; un señor que iba al lado de la ventanilla me dijo, «ese hombre que ve ahí, tirado en el andén, fue magistrado de la Sala Penal del Tribunal Superior de Medellín. Un penalista brillante; estudiamos juntos».
Dirigí la mirada hacia el lugar señalado, pero no vi al jurista que él describía; vi a un anciano en posición fetal, envuelto en suciedad, descalzo y con la mirada perdida en el asfalto. En ese instante la fragilidad humana se hizo evidente. Esa imagen me bastó para entender que la línea que separa el éxito profesional del abismo de las drogas es aterradoramente delgada; cualquier persona puede caer en él. Pocos días después, llegando a la universidad donde laboro, vi una mujer joven, elegante, bien vestida y hermosa consumiendo sustancias, ella trató de disimular al pasar a mi lado; la imaginé revolcada en la calle, consumida por la adicción, pensé en su familia y en su futuro.
Es sabido que gran parte de la sociedad ve a los habitantes de calle como “desechables”, desperdicios humanos o basura. Quienes así piensan ignoran que son seres humanos cuyos sueños y proyectos de vida se frustraron. Muchos llegaron allí por alguien que un día los incitó a probar y, en esa “prueba”, se quedaron atrapados. Son seres humanos que anhelaban salir adelante hasta ese día fatal en el que, por curiosidad o debilidad, entraron en ese infierno.
El panorama es triste: los habitantes de calle no son pocos y su número aumenta cada día. Yo me pregunto: ¿cuánta droga se consume un fin de semana en discotecas, bares y sitios de entretenimiento? La verdad es que las drogas no se consumen solo en las calles, sé de padres de familia que consumen alucinógenos delante de sus hijos. Maldita droga, cuantas familias has acabado.
En una sociedad de consumo, muchos niños han sido procreados en medio del abuso de sustancias y alcohol; hijos que, con los años, sufren la dependencia de sus padres, en hogares violentos, donde la paz es esquiva y la tranquilidad una completa desconocida.
No alcanzo a imaginar el día a día de un habitante de calle. ¿Cómo hacen para vivir en medio de tanta suciedad, sin bañarse, con hambre y sin un lugar para sus necesidades fisiológicas? Pienso en las mujeres menstruando sin toallas higiénicas y sin una cama. Muchos padecen enfermedades como diabetes, hipertensión, esquizofrenia, psoriasis o artritis; ¿cómo sobreviven sin medicinas?
En esta época electoral que vivimos en Colombia, leí propuestas y escuché discursos; no me sorprendió que nadie se preocupara por el tema. A ningún gobierno, municipal o nacional, parece importarle la vida en la calle de nuestros compatriotas. Según la prensa local, diferentes gremios propusieron al alcalde llevar a estas personas a granjas de trabajo y resocialización. Frente a esto, un experto adujo que «el punto clave es que el ingreso debe ser voluntario.
No puede obligárseles, ya que son personas, sujetos de derechos y deberes» (El Colombiano, 9 de marzo de 2026, pág. 15). Aunque la propuesta gremial no sugería el uso de la fuerza, algunos ciudadanos sí están de acuerdo con la obligatoriedad. Ante semejante propuesta la profesora, Sandra Restrepo Escobar -psicóloga- especialista en el tema, argumentó; “solo puede forzarse un tratamiento si la persona ha sido declarada interdicta, careciendo de capacidad legal para decidir por sí sola”. Nadie puede ser obligado a rehabilitarse.
Otro aspecto a considerar es que, cuando logran resocializarse y vuelven a entornos donde posiblemente se iniciaron en el consumo, el riesgo de recaída es altísimo. De ahí la necesidad de que los empresarios crean en las segundas oportunidades y acojan a estas personas que voluntariamente decidieron que en sus vidas cesara la horrible noche. La preocupación de muchos es que el consumo va en aumento sobre todo en niños y jóvenes y, de no haber prevención los habitantes de calle cada vez serán más.
Algo que me impactó al leer la noticia fue que el señor Guillermo Mejía, creador de la fundación Aguapaneleros de la Noche, diga que, pensando en la rehabilitación de estas personas, “durante treinta años hemos presentado propuestas a las distintas alcaldías -al menos a las últimas siete administraciones- y siempre nos dicen que sí, que sí, pero nunca se concreta nada”. Insisto en mi reclamo: este tema no da votos. A los gobernantes solo les interesa el cemento y las obras físicas que se puedan mostrar. Al terminar este escrito, pensé en todos aquellos hogares que tienen un familiar drogadicto o alcohólico, vino a mi mente el llanto de muchas madres, esposas e hijos que se resquebrajan al ver llegar a la casa a ese familiar drogado o borracho.
Pd; muchos ingenieros químicos, graduados en prestigiosas universidades, juraron respetar los principios éticos y no ir en contra de la sociedad; pero, hoy trabajan para los carteles de las drogas preparando el veneno que puede acabar con sus propias familias. Se olvidaron de la ética pensando solo en el dinero y sus placeres. ¡Vaya sociedad en la que nos tocó vivir!
Las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de su autor.

hace 5 horas
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