Javier Milei y Mauricio Macri solían comer milanesas juntos en la residencia oficial de Olivos, donde viven los presidentes argentinos. Eran encuentros amigables, pero cargados de tensión. Macri se consideraba entonces, y aún lo hace, el sostén político del Gobierno de ultraderecha. Sus diputados y senadores le permitieron al presidente, en minoría legislativa, aprobar en el Congreso leyes clave y bloquear al peronismo. A cambio, Macri le exigía a Milei participación en el Ejecutivo y una alianza formal del PRO, su partido, con La Libertad Avanza, el partido del mandatario. El presidente le sonreía, le daba palmadas en el hombro, le declaraba su admiración y, terminadas las milanesas, lo despedía con un abrazo. Pero de acuerdos políticos, nada. Milei nunca pagó la cuenta y el diálogo, finalmente, se rompió. El último encuentro en Olivos, reveló Macri, fue en enero. Tres meses después, la guerra entre ambos es total. El escenario de la batalla será la ciudad de Buenos Aires, bajo dominio macrista desde hace 18 años.