
Carlos Álvarez, un cómico que lleva 42 años haciendo reír a los peruanos, se esforzó para que lo tomaran en serio durante gran parte de la campaña electoral. El candidato de País para Todos contuvo sus chistes y su infinito repertorio de imitaciones en cada entrevista y acto público, pensando que su humor burlón era impropio de un estadista. Más bien fruncía el ceño, y con un dedo inquisidor repetía su “fórmula” para acabar con el crimen: pena de muerte para los sicarios en flagrancia, renuncia al Pacto de San José y cadena perpetua para los extorsionadores. Hasta que en los debates hizo a un lado los consejos de su equipo e imitó a uno de sus adversarios, César Acuña, el dueño de un conglomerado de universidades que, por su dificultad de palabra, es una máquina de producir memes. La escena se viralizó, y desde entonces Álvarez ha liberado su principal capital político: su facilidad para provocar carcajadas.

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