Una tarde calurosa de mediados de marzo, Largo camina con una pequeña bolsa negra en las manos. Su figura, alta y delgada, se balancea con la alegría de un niño que lleva un juguete nuevo. Pero Largo no es un niño. Es un pandillero de 30 años de la Mara Salvatrucha 13. Y lo que trae en sus manos no es un juguete, sino agujas nuevas y tinta para tatuar. Largo está prófugo de la justicia en El Salvador y se esconde desde hace varios años en la ciudad de Tapachula, en el estado sureño de Chiapas, México. Ha dejado atrás su vida pandillera y ahora intenta pasar desapercibido como tatuador.