Romper viejas alianzas y revolucionar el statu quo posterior a la II Guerra Mundial habría sido imposible para cualquier presidente estadounidense debido a la insaciable sed de energía de Estados Unidos. Pero la Casa Blanca de Donald Trump cuenta con una baza para mejorar su autonomía energética gracias a un hidrocarburo cada vez más crucial que sirve además para ejercer una notable presión geopolítica: el gas natural licuado (GNL).