Cuidar la infancia y la adolescencia es, también, cuidar la forma en que aprenden a mirarse y a alimentarse. Porque un cuerpo que se habita con respeto y se nutre sin miedo tiene más posibilidades de convertirse en un territorio de bienestar y no de lucha.
Por Valentina Petro Carmona.
La adolescencia es, quizás, uno de los territorios más frágiles del desarrollo humano. No por debilidad, sino por apertura. En ella, todo está en construcción: la identidad, los afectos, las certezas y las dudas. El cuerpo, ese primer hogar, deja de ser incuestionable y comienza a mirarse con lupa, con duda y con juicio. Es allí donde, muchas veces en silencio, empieza a gestarse la dismorfia corporal.
No se trata únicamente de «no gustarse». La dismorfia corporal es una distorsión en la forma en que una persona percibe su cuerpo; una percepción que puede estar profundamente alejada de la realidad, pero que se vive como verdad. Y aunque suele asociarse con la adolescencia, no es exclusiva de esta etapa: también habita en adultos que, incluso con identidades más consolidadas, siguen en conflicto con su imagen y es más común de lo que parece. Sin embargo, en los jóvenes su impacto puede ser más profundo. No porque sientan más, sino porque están, apenas, aprendiendo quiénes son. Cuando la mirada sobre el cuerpo se distorsiona en medio de esa construcción, puede alterar no solo cómo se ven, sino cómo se comprenden a sí mismos y cómo habitan su propio cuerpo.
Las redes sociales, los estándares estéticos irreales y la comparación permanente actúan como espejos deformantes que alteran la realidad del cuerpo que se refleja en el espejo, centrando el mismo en una inconformidad constante y una visión errónea del cuerpo. Pero sería simple culpar únicamente a lo externo. La adolescencia, en sí misma, es un momento de preguntas: ¿quién soy?, ¿qué me gusta?, ¿qué rechazo?, ¿cómo me ven los demás? En ese proceso de autoconocimiento, el cuerpo se convierte en un lenguaje, en un territorio donde se inscriben inseguridades, búsquedas y, muchas veces, heridas.
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Y es ahí donde la relación con la comida empieza a entrelazarse con la forma de habitar el cuerpo. Comer deja de ser solo un acto biológico y se convierte en una forma de control, de castigo o de compensación. Aparecen culpas, restricciones, miedos. En algunos casos, estos patrones pueden escalar hacia trastornos de la conducta alimentaria (TCA), que no surgen de la nada, sino de una suma de silencios, presiones y percepciones distorsionadas.
Por eso, hablar de nutrición en la adolescencia no puede limitarse a nutrientes, calorías o «hábitos saludables». Es, sobre todo, hablar de vínculo: con la comida, con el cuerpo y con uno mismo. Enseñar a alimentarse también implica enseñar a escuchar el hambre sin culpa, a reconocer la saciedad sin miedo y a entender que ningún peso define tu valor como persona, que todos los cuerpos son válidos, valiosos y diferentes, que cada uno lleva su propia historia y sus propias cargas.
En este contexto, los espacios seguros se vuelven urgentes. Lugares donde el cuerpo no sea juzgado y donde la comida no esté cargada de prejuicios. Espacios donde puedan hablar sin miedo, equivocarse sin vergüenza y existir sin sentirse evaluados constantemente. Un hogar, un aula, una consulta: todos pueden ser refugio o pueden ser riesgo.
Como adultos, tenemos una responsabilidad que va más allá de recomendar «autoestima» o «amor propio». Necesitamos revisar nuestras propias formas de hablar del cuerpo, del peso y de la comida. Cada comentario aparentemente inofensivo —sobre «comer mucho», «verse mejor» o «cuidarse»— puede convertirse en una semilla de duda. Y cada palabra, en cambio, puede ser un ancla. En la actualidad, a manera de percepción y vivencias personales en entornos educativos, los jóvenes son más conscientes ahora del trato al otro y el respeto por los cuerpos; sin embargo, son los más susceptibles a comentarios y estigmas de los demás.
Acompañar a un adolescente es entender que su relación con el cuerpo y la comida no se corrige, se construye. Que no basta con decirles que son suficientes: hay que crear entornos donde realmente lo sientan. Donde su valor no esté condicionado a una imagen, ni a lo que comen, sino sostenido por su humanidad.
Cuidar la infancia y la adolescencia es, también, cuidar la forma en que aprenden a mirarse y a alimentarse. Porque un cuerpo que se habita con respeto y se nutre sin miedo tiene más posibilidades de convertirse en un territorio de bienestar y no de lucha.
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“La alimentación es una relación que nace en casa, si se siembra con juicios, crece con miedo; si se comienza a regar con empatía y acompañamiento, florecerá en salud (…) En un mundo saturado de exigencias estéticas, la familia debe ser el lugar donde el cuerpo pueda descansar”.









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