De las flores pisoteadas que vuelven a crecer: reflexiones no pedidas de un chico que se graduó

hace 3 horas 7

Nimiedades, JAVA.

Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.

Ayer me gradué…

Esa frase, dicha así, parece simple. Pero quienes conocen el peso de los años saben que una graduación nunca es solo una graduación. Es, más bien, un mapa de lo que se vivió para llegar hasta ahí. Y yo, que entré en 2021 sin motivación —literalmente sin ganas de nada—, jamás imaginé que esta carrera terminaría siendo el escenario donde todo se me rompía y donde todo, también, se me volvía a construir.

Entré sin esperanza. O mejor dicho: entré con esa forma quieta de la esperanza que no sabe que lo es. Porque después entendí algo que ahora puedo nombrar: la esperanza es otra manera de llamar a la resignación frente al presente, si es que esta no nos lleva a tomar acciones para construir un mejor futuro. Y en mi caso, la resignación duró lo que duró el primer semestre. Porque empecé a estudiar y la carrera me empezó a gustar. No fue un flechazo, fue un enamoramiento lento, de esos que se hacen en la cocción baja. Y cuando me di cuenta, ya estaba ganando premios: dos nacionales, uno departamental, uno subregional, varios locales. Me había encontrado con el periodismo narrativo, con esa forma de contar que te pide poner el cuerpo.

Pero la universidad no fue solo eso.

La universidad también fue conocer personas que creí que serían para siempre. Buenos amigos. Una novia. Y luego el desmoronamiento: ella se fue, y esos supuestos amigos —los que habían compartido risas, trasnochadas, proyectos— me traicionaron de una forma que todavía hoy, cuando la recuerdo, me deja un sabor amargo en el pecho. Me volví un paria en mi propia facultad. Y el ambiente que antes era mi lugar, se convirtió en un territorio hostil donde me costaba respirar.

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Ahí fue cuando estuve a punto de morir. Casi muero porque casi me suicido. No es una frase para adornar. Es un hecho: estuve al borde, mirando hacia abajo, preguntándome si valía la pena seguir. Y en ese lugar, tan oscuro, entendí algo que después se volvió sostén: seguir aunque duela el alma, eso es lo que distingue a los valientes de los cobardes, y yo había elegido el primero.

Y yo caminé. Con el corazón roto, con la vida rota, con el nombre manchado en pasillos donde antes me saludaban y ahora me miraban de reojo. Pero caminé.

Y de esa caminata surgió un renacer. No fue bonito, fue más bien como las flores que crecen entre el concreto: desordenado, improbable, casi terco, pero renací. Y en ese renacer ya estaba ganando premios: dos nacionales, uno departamental, uno subregional, varios locales. Me encontré con el periodismo narrativo, con esa forma de contar que te pide poner el cuerpo. Me compré mi moto —mi primera gran conquista material, la prueba de que podía construir con mis manos algo tangible—. Y trabajé en el medio de comunicación más grande de la región. Ya no trabajo ahí, pero haber estado allí fue como tocar con los dedos un sueño que había dejado de soñar.

En medio de todo eso, volví a enamorarme. De otra persona. Con la que ya no soy pareja. Y a veces la extraño. Pero de ese amor también aprendí: cuando a quien amas no se puede tener, si es feliz debes serlo también. Porque el amor, descubrí, no es posesión, ya que uno solo puede ser poseedor de aquello de lo que se puede desprender, de lo contrario uno es el poseído. El amor es una cosa más ancha que eso, que a veces duele, pero que duele menos cuando decides honrarlo en lugar de aferrarte.

Y es que he tenido que aprender muchas cosas sobre el amor y sobre la pérdida. He aprendido que está bien tener bonitos recuerdos en el corazón, pero eso no implica que no podré construir otros más hermosos. Está bien querer a las personas, pero eso no significa que deban ser parte de mi vida para siempre. Esa lección me costó lágrimas. Muchas. Pero también me trajo una paz que antes desconocía.

Porque antes, cuando alguien se iba, yo sentía que me llevaban una parte mía. Ahora sé que no. Ahora sé que no es mi primera vez siendo reemplazado, y que estaré bien. Y también sé que no acepto segundos, mucho menos sobras. No hay nada peor que la compasión. Porque la compasión —esa forma disfrazada de lástima— me ha sido ofrecida más de una vez, y he aprendido a rechazarla con la misma dignidad con la que he aprendido a no tocar donde alguien dijo que dolía, aunque ya te caiga mal. Diferencias que hacen que la maldad de la vida no gane la partida, que a fin de cuentas es la mejor venganza que se pueda tener: no convertirse en aquello que te dañó.

También he aprendido sobre la soledad. Antes le tenía miedo. Ahora puedo decir: no le temo a la soledad, porque yo soy mi mayor fan. Y no es un autoengaño. Es la verdad de alguien que pasó mucho tiempo a solas consigo mismo y descubrió que, al fondo del silencio, había alguien que valía la pena conocer. Alguien que, a pesar de todo, no ha dejado que se le endurezca el corazón. Y eso es quizás lo que más me enorgullece: que después de tantas traiciones, de esa herida casi mortal, de los días en que me sentí un paria, mi corazón siga siendo un lugar al que otros pueden llegar. Creo que la clave está en no dejar de hacer las cosas, o ir a sitios, que quiero solo porque no tengo a nadie a mi lado.

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Quiero que mi vida y mi corazón sean como un árbol frondoso. Que quien quiera acercarse a él lo haga, y si quiere coger un fruto lo haga sin dar explicaciones, y no atarlo cuando se quiera ir. Porque he entendido que la libertad es sagrada. Amo tanto la libertad que creo que puedo tener un corazón pagano, y eso no es malo. No es malo amar sin ataduras, no es malo permitir que la gente se vaya sin hacer berrinche, no es malo ser dueño de uno mismo.

Y en ese camino de volverme dueño de mí, he tenido que aceptar que no sé bien con el corazón, ni distinguir lo esencial de lo que no lo es. Siento que ya es un gran paso. Porque reconocer que no se sabe es, paradójicamente, un saber profundo. Y ese saber me ha permitido dejar de exigirme claridad absoluta. Me ha permitido decir: la vida no debe tomarse tan en serio, y también reconocer que: si alguien no es capaz de reírse de sí mismo, creo que va perdiendo en la vida. Porque yo me río de mí, de mis torpezas, de mis caídas. Y esa risa me ha salvado más de una vez.

Solo busco la felicidad, como los borrachos buscan su casa: a tropiezos, caídas y demás, solo con la certeza de que tienen una y que podrán llegar. Esa imagen me gusta porque es honesta: no busco la felicidad con pasos firmes ni con mapas perfectos. La busco tambaleándome, a veces retrocediendo, pero con la certeza de que hay un lugar al que pertenezco y que eventualmente llegaré.

Porque he aprendido a mirar el camino con otros ojos. Sí, no estoy donde quisiera, pero estoy muy lejos de donde empecé. Y dejar de escalar un rato la montaña para apreciar la vista no está mal. Me lo digo cuando la ansiedad me empuja a llegar rápido, cuando comparo mi proceso con el de otros, cuando siento que voy atrasado. Y entonces me detengo, miro hacia atrás, y veo el abismo que crucé. Y me digo: ya has llegado lejos. Respirar un momento no es fracasar.

Hay días, claro, en los que la tristeza vuelve. Porque las pérdidas no se olvidan, se aprenden a habitar. Pero cuando la tristeza viene, recuerdo que quizás mis lágrimas se conviertan en las gotas de un lindo arcoíris. No es que siempre sea así. Pero a veces sí. Y a veces es suficiente.

He tenido que aprender también sobre la esperanza, esa palabra tan gastada. Para mí, hoy, la esperanza tiene dos caras. Una es no dejar de soñar porque aparezcan pesadillas. La otra es saber que muchas veces no hacer algo no significa esperar estático. Porque he pasado largos periodos de mi vida en los que parecía que no hacía nada, pero en realidad estaba reuniendo fuerzas, sanando en silencio, preparándome para el siguiente movimiento. No hacer también es hacer.

Y en todo este proceso, he aprendido sobre la confianza. O más bien, sobre sus límites. Porque no confío en muchas personas o situaciones, eso no me vuelve mala persona. Me vuelve alguien que aprendió con grandes dolores. Y como dice esa frase que me repito cuando me siento torpe: hasta los más idiotas aprenden con grandes dolores. No me estoy llamando idiota con desprecio. Me estoy llamando humano. Alguien que necesitó golpes para entender cosas que otros tal vez entienden con suavidad. Pero al final, lo importante es que aprendí.

También aprendí sobre el reemplazo: no aceptar segundos platos, mucho menos sobras. Porque hay una línea que tracé después de tantas veces en las que me dieron las migajas.

Y en esa soledad elegida, he descubierto que uno puede preguntarse cosas incómodas. Como aquella vez que alguien me quiso regresar su amistad o amor que en otro tiempo deseaba fervientemente, lo vi como si me quisiera regalar un telescolopio, «para qué me vas a regalar un telescopio si ya no me gusta mirar las estrellas». Porque hay un dolor que te roba la capacidad de mirar hacia arriba.

Pero también he descubierto que eso puede cambiar. Que las estrellas pueden volver a gustarte. Que correr tras atardeceres muchas veces te roba disfrutar de las estrellas de la noche. Y a veces uno corre tanto tras lo que se va, tras lo que pudo ser y no fue, que se pierde lo que está aquí, ahora, brillando en silencio.

Y lo que está aquí, ahora, es esto: ayer me gradué. Y no sé por qué no me morí, pero me gusta que así haya sido. Porque si no me hubiera quedado, no estaría escribiendo estas palabras. No habría conocido lo que significa renacer tantas veces. No habría entendido que nada está perdido siempre y cuando se tenga la certeza de que todo está perdido y hay que comenzar nuevamente. Y no habría llegado a esta certeza que ahora me sostiene: que mientras florezcan los guayacanes, creo que todo estará bien.

Los guayacanes florecen en Colombia cada año, con esa amarillez explosiva que parece desafiar la gravedad y la sequía. Florecen cuando nadie los espera. Florecen en medio del asfalto, en las laderas, en los patios abandonados. Son amarillos que gritan que la vida sigue. Y cada vez que los veo, me recuerdo a mí mismo: tú también has florecido donde no parecía posible. Tú también has vuelto a florecer después de ser pisoteado. Y lo seguirás haciendo.

Porque al final, mi mayor reflexión es que las flores pisoteadas vuelven a crecer. No es una frase bonita. Es un hecho biológico, casi terco. Las flores no deciden si las pisotean o no. Pero cuando las pisotean, si la raíz sigue viva, vuelven. Y yo he sido pisoteado. Por personas que creí que me amaban. Por un entorno que me volvió paria. Por mi propia cabeza que me dijo tantas veces que no valía la pena. Pero aquí estoy. Vivo. Graduado. Con el corazón roto en algunos lugares, pero latiendo. Con cicatrices que no me avergüenzan. Con una moto que es mía, con premios que gané cuando nadie apostaba por mí, con la certeza de que se puede sobrevivir a la universidad, y aún más importante, a uno mismo cuando uno es su propio enemigo.

Y con esta verdad: no me importa que me lean muchas personas, lo importante es transmitir lo que quiero. Y lo que quiero transmitir en esta reflexión (que si llegaste hasta acá, mis respetos por leer tanto) es esto: se puede sobrevivir a la traición. Se puede sobrevivir a querer morirse. Se puede volver a caminar cuando todos te han dado por muerto. Se puede amar otra vez. Se puede perder y perderse y encontrarse de nuevo. Se puede ser un paria y luego ser un árbol frondoso. Se puede no saber nada sobre el corazón y aún así seguir.

Voy a pedazos, pero voy. Y ayer, cuando me pusieron ese birrete, cuando me dieron ese diploma, estuve pensando en el chico que entró en 2021 sin motivación, que no sabía que lo estaban esperando todas estas heridas y todas estas victorias. Y le agradecí por no haberse rendido. Por haberse quedado. Por haber sido, sin saberlo, valiente.

Porque seguir aunque duela el alma, eso hace parte ahora de mi filosofía de vida (o camino ninja si hay algún otaku leyendo). Y yo seguí. Y aquí estoy.

Las flores pisoteadas vuelven a crecer.

Eso es todo. Y es suficiente.

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