Cuando duele el cuerpo: me he maltratado

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Y entonces es volver a lo esencial: alimentación y movimiento, no como castigo, sino como cuidado.

Por Luisa F. Giraldo

Es una casa que habitamos a veces como cárcel, otras tantas como jardín.

Me he maltratado, eso es verdad.

El cuerpo pesa, arde, bloquea. Una mañana, a la vez, duele como nunca. Me veo al espejo, inspecciono cada centímetro: la arruga que no estaba, un punto negro en la mejilla, los dientes que no están perfectamente blancos, los senos que no parecen dos sensuales duraznos, al igual que el trasero de envidia de mil sentadillas.

Claro que sí, me he maltratado, día a día, en la mañana, una pesa para recordarme que no he llegado al objetivo deseado.

Un espejo para notar un rollito de más en la barriga que, al parecer, cuelga.

Me he maltratado una y otra vez. La rabia se refleja en el rostro de un ser insatisfecho.

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Un nuevo tratamiento. Una cura milagrosa. He tolerado chuzones en mi cuerpo, masajes indeseables que duelen en cada paso de una mano que trata de poner todo en su lugar; tal vez, en un lugar al que nunca perteneció.

Y si aparece un nuevo medicamento, parece que esta vez sí encontré la solución a este cuerpo indeseable que atrapa a una persona que quiere ser, pero que está atrapada en el cuerpo equivocado, que no muestra lo que realmente es.

Rabia. Rabia como un castigo en cada abdominal.

Rabia, rabia. El dolor de la aguja castiga mi incapacidad de controlar el impulso que me tiene en el cuerpo que no deseo.

Rabia, rabia. Después, el dolor de la cirugía que pondría todo en el lugar que le correspondía.

Dolor, rabia, miedo. Para entender que no era la dieta, no era el gimnasio, no era el tratamiento, no era la cirugía. Para entender que era la rabia a la que acudía cada vez que recurría a cada uno de ellos, hasta que el grito de la herida fuera más profundo, más fuerte.

Donde me he maltratado han quedado cicatrices que cerrarán. Y entonces es volver a lo esencial: alimentación y movimiento, no como castigo, sino como cuidado.

Y pienso en esa cifra que nadie nombra en el espejo: 327 billones de pesos que el mundo entero paga cada año para no quedarse quieto en su propio cuerpo. Cuarenta y un billones solo en esta orilla del continente, en manos, en agujas, en promesas de un antes y un después. No es solo mi rabia la que se factura; es la de millones, convertida en mercado, en tendencia, en negocio. Por eso volver a lo esencial —alimentación y movimiento, no como castigo, sino como cuidado— no es apenas una decisión íntima: es también negarse a seguir pagando, con el propio cuerpo, la cuenta de una insatisfacción que nunca fue del todo nuestra.

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