“Con amigos así…”
Resumen: Traigo a colación el tema de la amistad porque hace pocos días se celebró en el país el Día del Amor y la Amistad. La amistad y el amor deberían celebrarse siempre, no veo por qué dedicarles solo un día
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La verdad es que soy una persona de pocos amigos. No quiere esto decir que sea antipático o malgeniado, no; lo que sucede es que los años me fueron volviendo selectivo y no a cualquiera que se me arrime lo considero mi amigo. He aprendido, que no toda persona que llega a mi vida trae buenas intenciones. Conozco a mucha gente que valoro y admiro, pero sin los méritos para decir que son mis amigos. La amistad como el amor, se gana y se transfiere, no se disfraza con falsedades o hipocresías. Amigo, considero yo, es aquel que en las peores desgracias y en los días más aciagos se acordó de ti y te acompañó. Siendo franco, como lo he sido siempre, debo anotar que también hay quienes se disfrazan de amigos, te rodean, te cotejan y finalmente te decepcionan; en esos momentos es donde cabe decir: «con amigos así…».
Traigo a colación el tema de la amistad porque hace pocos días se celebró en el país el Día del Amor y la Amistad. La amistad y el amor deberían celebrarse siempre, no veo por qué dedicarles solo un día. Sin salirme del tema, traigo a mi memoria un recuerdo más de mi niñez. En los años 70 existía el Día de los Novios, fecha especial para compartir en pareja; era usual en ese día ver a los enamorados caminando, mecateando y, los más osados, en una heladería: ellos tomando cerveza o aguardiente y ellas, ron con Coca-Cola. El Día de los Novios era la oportunidad para que las heladerías se engalanaran y recibieran a todas las parejas que querían celebrar. Quiero ser claro: se llamaba el Día de los Novios, pero, con el fin de ampliar el mercado, se cambió por el «Día del Amor y la Amistad». Ah, la idea era que aquellos a quienes Cupido no hubiera flechado les regalaran a sus amigos; lo importante era hacerlos partícipes del círculo comercial.
Quienes han leído mis escritos saben de mi preocupación por la celebración del Día de las Madres, fecha que se convierte en la más violenta del año, triste realidad; igual ocurre con las fiestas de fin de año, las celebraciones deportivas y muchas efemérides más. Resulta que ahora el Día del Amor y la Amistad también se convirtió en una jornada violenta. Según la prensa local, durante la celebración de tan significativo día, en Medellín y el Valle de Aburrá se presentaron situaciones que estuvieron distantes de la idea original de este festejo. Adujo la Policía Metropolitana, que se registraron 541 riñas, dejando 46 personas capturadas en hechos que afectaron la convivencia de la ciudad. Obvio que hubo heridos y otras tragedias más, pero no viene al caso detallarlas. Lo importante es destacar la falta de tolerancia y el uso de la violencia irracional que viene afectando cualquier espacio dedicado a la celebración, donde las únicas invitadas deberían ser la alegría y la felicidad.
Es paradójico y lamentable ver cómo hemos desvirtuado la esencia de la celebración. Sin saberse cómo ni cuándo, nos hemos vuelto una sociedad que necesita de un pretexto o una fecha en el calendario para expresar afecto; celebramos y no somos capaces de hacerlo en paz. El licor, lejos de ser un catalizador de la concordia, la armonía y los buenos recuerdos, se convierte, con demasiada frecuencia, en el detonante de rencores guardados, palabras hirientes y disputas absurdas. Es así como la fiesta, pensada para el abrazo y la risa, termina diluyéndose entre sirenas de patrullas, salas de urgencias y un amargo sinsabor colectivo.
Tal vez el problema de fondo radique en esa misma prisa comercial por empaquetarlo todo, por venderlo todo; hasta a los sentimientos más nobles les ponen precio, haciendo que todo adquiera un valor monetario y pierda su verdadera esencia. Al transformar el afecto en una obligación de consumo masivo, disolvimos la intimidad del gesto sincero para cambiarla por el tumulto y las apariencias exhibidas en las redes sociales. Con el paso del tiempo nos fueron cautivando y nos vendieron la idea de que celebrar es abarrotar lugares, excedernos en los consumos y gritar más fuerte, olvidando que la verdadera amistad no requiere de grandilocuencias ni de fechas impuestas, sino del espacio tranquilo donde la palabra empeñada y el respeto mutuo valen más que cualquier regalo envuelto en papel brillante.
Al final del día, al apagar las luces y quedar a solas en medio de estas reflexiones, reafirmé mi convicción de conservar un círculo pequeño de amigos. Prefiero la certeza de las pocas manos francas que se extienden sin pedir nada a cambio, a la multitud eufórica que se embriaga bajo el pretexto de una efeméride mercantil. Mis mejores votos y deseos para que el amor y la amistad sigan existiendo, sí, pero en la cotidianidad sin aspavientos, en la lealtad de los días comunes y, sobre todo, a salvo de esa intolerancia disfrazada de fiesta que hoy se empeña en opacar nuestros mejores recuerdos. Con amigos así…
Pd; no es usual, pero… dedico estas letras de amistad a Juan José Saldarriaga González, un pintor reconocido y admirado por muchos, a quien tengo el honor de llamar mi amigo. Él se ha preocupado por mi salud y bienestar sin recibir nada a cambio; solo le he ofrecido mi amistad. Que siga pintando muchos lienzos más.
Las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de su autor.

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