Los alquimistas del medievo no supieron cómo transformar carbón en oro: los bancos centrales lo hacen. Los arciprestes de la religión monetaria son fundamentales porque tienen un poder impresionante: la capacidad de crear y destruir dinero con una simple impresora. ¿Por qué un billete azul con la firma estampada de Lagarde y un motivo arquitectónico de la antigua Grecia vale 20 euros? ¿Por qué se puede cambiar por un almuerzo o un par de entradas de cine? Porque con la confianza que emana de los bancos centrales se sostiene un negocio que dura ya varios siglos. Las democracias conceden a los tecnócratas que están al mando de esas entidades el control sobre el dinero, que es casi como decir los mandos de la economía, a cambio de estabilidad de precios y prosperidad. El contrato implica una independencia intocable desde los años setenta del siglo pasado: desde que Nixon pronunció la frase “respeto mucho su independencia, pero espero que de manera independiente lleguen a la conclusión de que mis puntos de vista son los que hay que seguir”, e inmediatamente después la inflación se fuera por las nubes. Ese contrato está a punto de romperse por un puñado de buenas razones.
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