Aquamación
Resumen: A lo largo de la historia, el ser humano ha desarrollado diversos ritos funerarios, siendo el entierro una de las prácticas más comunes. Sin embargo, en la actualidad, el crecimiento de la población ha generado un problema evidente: el espacio
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Cada día vivido me doy cuenta de la cantidad de cosas que ignoro; y lo digo porque, cuanto más leo, la razón me dicta que aún queda mucho por aprender. Debo admitir que jamás había escuchado la palabra “aquamación”; de hecho, no figura en el diccionario y algunos artículos sugieren no emplear ese término, sino el de “cremación con agua”. Indagando sobre el tema, descubrí que la aquamación —técnicamente conocida como hidrólisis alcalina— es un proceso de disposición final de restos humanos que utiliza agua, temperatura y productos químicos para acelerar la descomposición natural de los tejidos.
El cuerpo del difunto se coloca en una cámara hermética de acero inoxidable (similar a una olla a presión grande), se le agregan unas soluciones salinas y se calienta a fuego medio de cuatro a seis horas. Al final, quedan solo los huesos, que no se disuelven; estos se enjuagan, secan y se pulverizan con un cremulador para obtener un polvo similar a las cenizas de la cremación tradicional.
Aunque se presenta como una alternativa moderna y ecológica, su origen se remonta a finales del siglo XIX. No fue sino hasta principios del siglo XXI cuando se instaló el primer sistema comercial de hidrólisis alcalina para humanos en una funeraria de Minnesota, EE. UU. Este procedimiento, al ser menos contaminante, ha sido aprobado en varios estados de ese país, en provincias de Canadá, en Escocia, Irlanda, Sudáfrica, Australia y México.
En Colombia, al parecer, el Congreso está adelantando algunas discusiones sobre un proyecto de ley para su aprobación. Como dato curioso, este método ganó visibilidad mundial en el año 2021, tras el fallecimiento del arzobispo sudafricano y Premio Nobel de la Paz, Desmond Tutu. Su compromiso con el medio ambiente lo llevó a solicitar la Aquamación, con el fin de reducir su huella ecológica, según manifestó el prelado en vida. Es tanta la población en este planeta que se hace necesario buscar formas alternativas de disponer de los cuerpos, pues los cementerios están cada día más llenos.
Recuerdo que cuando era niño (en los años setenta), la sala de la casa se convertía en la última morada de los difuntos. Allí se les rezaba y se les despedía; con una sábana blanca puesta en la pared, un cristo, cuatro cirios y flores que “olían a muerto”, la familia se recogía frente a su ser querido. Años después aparecieron las salas de velación, las cuales, por su precio, eran exclusivas de las clases altas, los pobres seguíamos llorando los difuntos en la casa.
Luego, en medio de la violencia que vivió la ciudad, el negocio se hizo rentable y hubo salas de velación por todos lados. Quiero recordar un tema más álgido aún: el escándalo tan grande que generó la llegada de los hornos crematorios a la ciudad. En julio de 1982 se inauguraron los primeros hornos en la sede de Medicina Legal, en el barrio Caribe, siendo administrados por el gobierno municipal hasta el año 2001. Los comentarios y apreciaciones eran innumerables; algunos se creían incapaces de quemar a su propia madre, hijos o hermanos, eso les parecía un acto inhumano.
En cuanto al tema de la muerte, es mucho lo que se ha dicho y especulado. Lo importante es aceptar que de aquí nadie sale vivo; todos vamos a morir, unos antes y otros después. Sin importar la condición social o económica, todos moriremos. Lo que me llama la atención es todo lo que Medellín ha vivido entorno a la muerte: otrora la discusión era si se enterraba en bóveda o en tierra.
Todo era cuestión de “dignidad”: existían cementerios para ricos y cementerios para pobres. Los más adinerados buscaban las bóvedas, mientras los pobres terminaban en la tierra. Triste época la nuestra, donde hasta en la muerte se mantiene la condición social; esas formas de discriminación se veían incluso en los carros mortuorios, la suntuosidad y elegancia de los pajes alrededor del féretro eran exclusivos de los ricos.
Para terminar, quiero evocar una canción que sonaba en la radio que mi madre tenía en la cocina, una canción bastante triste. Busqué el autor y nadie sabe dar razón; lo importante es que la tristeza está presente de principio a fin. Es la historia de un padre que, siendo sepulturero, le corresponde enterrar a su propia hija. Se conoce con el título de El enterrador; “enterraron por la tarde la hija de Juan Simón, y era Simón en el pueblo el único enterrador.
Él mismo a su propia hija al cementerio llevó, él mismo cavó la fosa murmurando una oración. Y llorando como un niño del cementerio salió, con la barra en una mano y en el hombro el azadón, y en el hombro el azadón. Y todos le preguntaban: ¿de dónde vienes Simón? Y él, enjugándose sus ojos contestaba a media voz: soy enterrador y vengo de enterrar mi corazón. Soy enterrador y vengo de enterrar mi corazón”.
Pd; a lo largo de la historia, el ser humano ha desarrollado diversos ritos funerarios, siendo el entierro una de las prácticas más comunes. Sin embargo, en la actualidad, el crecimiento de la población ha generado un problema evidente: el espacio destinado a los enterramientos resulta insuficiente. De ahí que se busquen alternativas; somos tantos que ni muertos cabemos.
Las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de su autor.

hace 3 horas
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